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World of Warcraft - Visiones de N'Zoth y los Dioses Antiguos
PC

World of Warcraft - Visiones de N'Zoth y los Dioses Antiguos

Con la última banda de la expansión ya bien asentada en el universo Warcraft, planteamos un repaso de la historia de los Dioses Antiguos y de la trama previa a Shadowlands.

Por Sergi Bosch [@GriffithDidNW],
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World of Warcraft tiene esa suerte de magnetismo que le da un aura de eternidad, de permanencia; en efecto, no importa cuántos años transcurran, o cuántas expansiones transiten su endiablado y vibrante universo, siempre parece que encuentra la forma de hechizarnos y hacernos revisitar sus extensos páramos, sus cielos ignotos, y sus emocionantes y exigentes -al menos en mítico- bandas. Sí, está claro que todo tiene un final, pero cuando se trata de un producto de esta envergadura se siente como algo muy lejano, quizás un eco remoto; buena prueba de ello es el ciertamente grisáceo Warcraft III: Reforged, así como el anuncio de Shadowlands, la nueva expansión de World of Warcraft que, una vez más, centra sus miras en la polémica y enigmática figura de Sylvanas Brisaveloz, quizás uno de los personajes más potentes de todos aquellos que juegan un papel fundamental en el devenir de Azeroth y su particular cosmogonía. Qué mejor momento, por tanto, para hacer un pequeño repaso de lo que ha sucedido en Visiones de N'Zoth, el último parche de la última expansión de World of Warcraft, y de cómo están las alianzas, las afrentas, y el débil y eternamente precario equilibrio del mundo, para encarar la espera de Shadowlands con los deberes bien hechos y buenas perspectivas.

Conflictos ancestrales

Legión terminó con aquella impactante escena en la que Sargeras, titán caído que lideró la Legión Ardiente y que se erigió como principal antagonista y deidad maquiavélica y macabra durante muchos años, clavó su colosal y deletérea espada en la superficie de Azeroth; se dio por finalizado, así, ese delicado armisticio en el que se habían envuelto la Horda y la Alianza, las archiconocidas facciones de World of Warcraft. Battle for Azeroth fue, en muchos sentidos y a pesar de un desarrollo jugable agridulce, un regreso a la historia de siempre, es decir, a la lucha sempiterna entre dos grandes entidades condenadas al odio, al rencor y al desentendimiento, algo que bien se puede notar a lo largo de toda la campaña; no obstante, también presentaba algo más, un poso de una maldad desconocida, innombrable, que surgía desde las profundidades del mundo e incitaba a todo ser vivo a la vesania y a los desafueros propios de la locura.

Shadowlands arranca con el duelo entre Sylvanas y Bolvar y con la ruptura del velo, pero conviene rememorar los sucesos clave de Battle for Azeroth para que nada nos pille por sorpresa.

Estoy hablando, desde luego, de toda aquella trama de Dioses Antiguos, que hace las veces de reinterpretación de los mitos lovecraftianos para describir una serie de misteriosos, mórbidos y crueles seres que dominaban Azeroth antes de la llegada de los titanes y después de haber derrotado a las entidades elementales primigenias; históricamente su poder siempre ha permanecido en letargo, aunque ya nos hemos encontrado con ellos varias veces. Los vimos, por ejemplo, en la antigua Anh’Quiraj con C’Thun; también en la mítica Ulduar con Yogg-Saron, que protagonizaba un enfrentamiento tan original como divertido; aparecieron nuevamente en Pandaria con los Sha, que vendrían a ser espíritus corruptos surgidos de la lóbrega voluntad del difunto Y’Shaarj, sin duda el Dios Antiguo con menor participación activa; y, finalmente, hemos tenido noticias de ellos en Battle for Azeroth, bien a través de G’huun, dios antiguo y menor creado a través de la cuestionable experimentación de los Titanes, o de N’Zoth, auténtico jefe final y co-antagonista de la expansión.

Y es que N’Zoth era justamente el gran cabo por atar de los cuatro grandes dioses antiguos; ya sabíamos que era el más débil de todos ellos, y que había permanecido oculto, potencialmente ligado o encerrado contra su voluntad, en las profundidades del mundo durante incontables milenios. No obstante, en algún momento de Legion comenzó a liberarse de su yugo (algo que finalmente conseguiría en BfA gracias a Azshara) y a tratar de fundir Ny’alotha, la Ciudad del Despertar, su particular dimensión alternativa de horrores que hace las veces de tétrico presagio del futuro de Azeroth, con el plano real; el objetivo de la infidente deidad era traer una segunda era del Imperio Negro, la civilización que reinaba la ancestral Azeroth con puño de hierro y terror. Las influencias de Cthulhu y la ciudad sumergida de R’yleh, morada del más emblemático de los horrores cósmicos, están más que patentes, y aunque Battle for Azeroth no termina de trabajar correctamente la atmósfera de terror psicológico que tan bien desarrolló el escritor de Providence (a diferencia, por ejemplo, de los relativamente recientes Call of Cthulhu o de The Sinking City, la ambientación es una de las mejores que recordamos en el longevo y legendario World of Warcraft.



La cosa está en que N’Zoth no solo se destapa, finalmente, como uno de los grandes artífices de la corrupción de Neltharion como Alamuerte, la principal figura enemiga de Cataclysm (por lo que hay rastro de su influencia a lo largo y ancho del trasfondo del título), sino que también es el responsable de la transformación de Azshara y sus acólitos en los naga, esa especie de tritones sintientes que desgraciadamente no es todavía una raza jugable. Lejos de extender su influencia a sucesos pasados, en sus momentos finales también revela la confabulación de Sylvanas y Azshara para sumir al mundo en la oscuridad; a esta traición de la jefa de guerra, y la rebelión que suscitó entre las filas de la Horda, se suman sus crímenes bélicos y sus métodos poco ortodoxos y moralmente muy reprobables, y ya tenemos una buena polémica servida para Shadowlands; es de esperar que esta nueva expansión se centre en los vínculos esotéricos de Sylvanas y El Carcelero, una entidad del más allá que presumiblemente puede tener algo que ver con el ciclo de las almas en el universo Warcraft.

En definitiva, todavía falta algún tiempo para ver cómo se resuelve todo esto, pero de momento parece que las piezas han ido encajando a la perfección para que de una vez por todas podamos comprender las auténticas motivaciones de Sylvanas, la auténtica antagonista en la sombra de Battle for Azeroth, y a todas luces la gran personalidad que habrá de dominar la trama de Shadowlands. Nosotros ya estamos deseando descubrir qué ocurre realmente y, de hecho, ya tenemos algunas teorías bajo la manga que esperamos compartir con vosotros dentro de poco. Y tú, ¿qué crees que va a pasar en Shadowlands? ¿Te ha gustado el cierre de los Dioses Antiguos en Battle for Azeroth? ¡Esperamos tu opinión, ya sea por aquí o vía redes sociales!

Redactado por Sergi Bosch (Elite)

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