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De Warband a Bannerlord - ¿Qué ofrece el nuevo Mount & Blade?
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De Warband a Bannerlord - ¿Qué ofrece el nuevo Mount & Blade?

Mount & Blade II: Bannerlord, la nueva entrega del simulador bélico de cruentas realidades medievales, desembarca en su acceso anticipado en ordenador, y te contamos qué novedades trae consigo.

Por Sergi Bosch [@GriffithDidNW],
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Uno de los aspectos que más me encandiló de Warband es la sensación de profunda libertad que ofrece; las maravillas de sentirse perdido en un mar de opciones, descubriendo y andando por un mundo dinámico que está sumido en una vorágine de continuas evoluciones, y que no espera en ningún momento por las acciones o decisiones del jugador. Y aunque no ser el protagonista de una historia prefabricada tiene, sin duda, sus altibajos esporádicos, su compleja curva de aprendizaje y cierta falta de profundidad argumental, también da lugar a numerosas tramas internas, en una suerte de narrativa emergente que habrá de definir la experiencia de cada usuario en sus aventuras y desventuras por la peligrosa e inmisericorde Calradia. Revivir esto era, en definitiva, lo que más me entusiasmaba de Bannerlord, y ya puedo adelantar que sí, que esas mismas sensaciones de búsqueda, de extravío, de dudas y de pequeños logros personales están ahí, esperando a ser descubiertas, ya que, por encima de todo, el nuevo título de TaleWorld Entertainment es un heredero absolutamente directo de Warband… algo que tiene sus cosas buenas, y sus cosas no tan buenas. En estas líneas trataré de explicarte lo mejor que pueda qué es lo que ofrece Bannerlord, tanto a un veterano en la franquicia como a un novato, teniendo en cuenta siempre, desde luego, que el título está todavía en acceso anticipado.

El regreso del hijo pródigo

A pesar de su prolijidad estratégica, la característica renovadora más inmediatamente palpable en Bannerlord es su apartado visual; desde las batallas multitudinarias, a la belleza paisajística de ese continente ficticio en miniatura -si bien tiene inspiraciones claras para las distintas facciones-, la nueva entrega de la franquicia exhibe una preciosa virtuosidad cromática y una gran suavidad de imagen. Lanzarse a la muerte, en compañía de tus fieles soldados, esos héroes anónimos que viven y perecen por las ambiciones ajenas, nunca ha sido tan épico, ni ha estado tan bien representado como hasta ahora, con Bannerlord; los mandoblazos despiadados, las cargas violentas de caballería, las filas de arqueros, o la mera representación gráfica de los distintos estilos arquitectónicos de las ciudades mayores o de las capitales dejan algunos de los mejores momentos, en un apartado que brilla con luz propia y que se ve solo ligeramente ensombrecido por unos modelos faciales y unas animaciones de personajes secundarios que, por desgracia, siguen pareciendo de la generación pasada. Supongo que no se puede tener todo.

La diversidad de culturas e inspiraciones es uno de los puntos fuertes de la vertiente de creación de personajes y de construcción del mundo, pero no limita nuestras opciones, ni tiene aporta interacciones especiales en la partida.

Pero las mejoras gráficas no tienen repercusión directa únicamente en el músculo técnico, sino también en toda esa profusión de menús y de estadísticas que plantea la interfaz del título. Ha llovido bastante desde el advenimiento de Warband, pero el mero recuerdo de la sucesión infinita de pestañas de estética, bueno, excesivamente austera, y en general de la falta de claridad del título en su vertiente más comercial o estratégica es suficiente como para amedrentar el espíritu. A pesar de todo, la puesta a punto de los menús en Bannerlord todavía tiene sus claroscuros; por ejemplo, a veces se interrelacionan demasiadas secuencias, de manera que para acceder a un combate, previo diálogo, el juego tiene que cargar distintos menús, en un claro ejercicio de complicación que todavía no termina de sentirse actual y moderno. También hay problemillas de latencia, especialmente cuando se comercia con ingentes cantidades de bienes, pero en general es una mejora de la calidad de vida del jugador, faceta totalmente necesaria en un simulador de vida-existencia medieval como es Bannerlord. Todavía puede sentirse como algo ligeramente incómodo o patoso, pero el cambio es notable.

Eso sí, si bien las mejoras visuales son fácilmente apreciables, los primeros compases del juego transmiten unas sensaciones excesivamente parecidas a las de Warband; es, en esencia, como revivir nuestros inicios en la entrega anterior. Esto implica que pasaremos por un extenso editor de personajes, cuyas opciones de índole más argumental verdaderamente están diseñadas de acuerdo al sistema de estadísticas -y, por tanto, no tienen grandes implicaciones más allá-, y donde la elección de una de las seis facciones disponibles tampoco tiene un impacto realmente potente en el desarrollo de nuestra posterior aventura. Es genial volver a Calradia unos doscientos años antes de las cruentas batallas y los tétricos juegos de poder de Warband, con unas facciones que están desmoronándose, ecos quejumbrosos de una gloria perdida en el pasado, y otras que están luchando para nacer en un realidad implacable, pero es cierto que, en las primeras horas, la experiencia del jugador es casi una tautología. Eso implica, en efecto, hacer de mercenario de bajos vuelos, purgando el planeta de cazadores furtivos, bandidos y demás calaña de bajo nivel, en un intento desesperado de ganar fama y cierta relevancia política y económica, y aunque creo que no hay nada necesariamente malo en eso, sí que me gustaría que el título diera un paso más allá en su intento de diferenciación.

Las expresiones faciales contrastan con la buena puesta en escena de los combates; a pesar de todo, el juego se ve francamente bien.

Es cierto que hay algunas tareas y encargos nuevos -que se suman a los típicos, como escoltar caravanas, comerciar o pelear contra hordas acosadoras de bandidos-, véase asegurar los permisos comerciales de mercaderes o incluso alguna que otra intriga relacionada con el linaje o la herencia sanguínea, o encontrar a la hija perdida de un amable y bucólico señor de pueblo pretérito, pero las grandes virtudes y novedades del título tardan unas cuantas horas en llegar, y me temo que, en esta industria moderna, eso puede suponer un enorme óbice en ya de por sí cuestionable accesibilidad de Bannerlord. Sigue siendo totalmente disfrutable, pero para los veteranos puede suponer un tedioso ejercicio de repetición en las primeras horas, y para los iniciados sigue sin ser realmente amigable, por lo que no hay grandes mejoras a este respecto. De todas formas, el camino del aprendizaje sigue siendo maravilloso, y Bannerlord compensa con creces a los jugadores pacientes y dedicados.

Eso sí, en el apartado bélico Bannerlord sigue la rutilante estela de Warband y, lo que es más, consigue elevar la calidad de su maquinaria combativa hacia nuevos estándares de calidad. En el plano estratégico, las mejoras de la IA se unen a un sensacional acervo táctico, dando como resultado unas batallas multitudinarias que son una auténtica delicia. Está claro que el título funciona mejor cuando se enfrasca en las batallas, en el caos de la guerra, donde su renovado músculo técnico coadyuva con la táctica militar y con la acción de sus mecánicas y define una jugabilidad que tiene tanto de intensa como de compleja. Es cierto que a veces palidece en el enfrentamiento individual cuerpo a cuerpo, en parte porque ese preciso sistema de ataques y guardias direccionales ha sido implementado con más gracia y efectividad en otros títulos, como Kingdom Come: Deliverance -aunque, en este caso, a costa de un incómodo y en ocasiones cuestionable planteamiento de combates múltiples-, pero también porque pueden convertirse, con inusitada facilidad, en un intercambio vesánico de golpes. Los jugadores entusiastas todavía disfrutarán del entrenamiento y de la perfección de sus destrezas, pero una rápida sucesión de garrotazos al cuello es más viable ahora que nunca, y esto, no carente de cierto encanto primordial, tiene sus momentos de frustración repetitiva. Las hitboxes, eso sí, funcionan de manera increíble y transmiten auténtico realismo al gran compendio de armas, tanto cuerpo a cuerpo como a distancia, que podemos utilizar.

El mapa de campaña sigue presentando una visión isométrica, típica del género de estrategia; la perspectiva cambia en otras circunstancias, como en los asedios, las escaramuzas, los paseos por la ciudad, etc., y nos permite seleccionar entre primera y tercera persona. No hay que olvidar que, en su vertiente más directa, el título se enfrasca en la acción.

No obstante, como marca la tradición interna, la guerra es solo uno de los caminos que ofrece el nuevo Mount and Blade. No hay ninguna necesidad de enmarcarse únicamente en el fragor sanguinario de las contiendas, ya que en la variedad está el gusto: opciones clásicas, como convertirte en mercenario, en comerciante, o bien apostar por el vasallaje, en un intento de escalar posiciones sociales y fundar un nuevo Imperio en el futuro, siguen siendo opciones totalmente viables, y en muchas ocasiones dejan algunos de los mejores momentos que puede ofrecer la fórmula. A ello contribuye el nuevo sistema de influencia, una especie de recurso que representa la relevancia política y la capacidad de alterar el orden de los acontecimientos en nuestro favor; sirve, entre otras cosas, para cimentar ese teatro de ambiciones de los nobles de los distintos reinos, para establecer la división de los terrenos conquistados, y también para promover leyes o decretos que favorezcan distintos ámbitos de la vida en Calradia. Por supuesto, también es un motor de alianzas y de agravios, y, al final, es cuestión de cada uno cómo usarla, si bien su efectividad está fuera de toda duda, y encaja a la perfección con la tónica general del título.

Otro de los puntos más relevantes de Bannerlord es la importancia del clan y del linaje, al que se llega, evidentemente, a través del matrimonio; las opciones de casamiento siguen estando un tanto limitadas, pero tardan poco en descubrir las bondades del sistema del clan y las herencias. Dado que los personajes mueren de viejos o en los tétricos azares del destino y de la guerra -si se activan esas opciones-, asegurar la dinastía y el legado familiar es un punto fundamental; no pasará mucho tiempo hasta que veamos a nuestros vástagos engrosando las filas de nuestro ejército, o bien dirigiendo ciertas localizaciones clave de nuestro bien merecido patrimonio. Todavía parece que está a medio camino, pero la apuesta por los clanes es innegablemente uno de los grandes activos de Bannerlord para la profundización jugable, y espero sinceramente que sea uno de esos aspectos a mejorar cuanto antes.

Hay incontables caminos en Bannerlord; de esclavista a general honrado, pasando por mercenario, bandido, comerciante y, por supuesto, político. Siempre hay una opción para cada jugador.


Conclusiones

Está claro que Bannerlord es, en esencia, un Warband elevado a la enésima potencia. Todavía tiene varias áreas que pulir y frentes en los que profundizar, pero incluso en su acceso anticipado ofrece tantas horas, tantas actividades, y tanta diversión y complejidad estratégica y jugable, que no puedo sino decir que la larga espera ha merecido la pena. Le pesa un poquito que en ocasiones su desarrollo inicial es demasiado repetitivo, y nos lleva por senderos excesivamente parecidos a los de sus predecesores, pero aún así se erige como la mejor representación y simulación de la vida medieval en la industria, y eso no es precisamente poca cosa. Todavía le falta por descubrir su auténtico techo, pero incluso en su estado actual merece totalmente la pena. Aventuras medievales hay muchas, pero Mount and Blade no hay más que uno.

Redactado por Sergi Bosch (Elite)

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Información del juego

Fecha de lanzamiento: 30 de marzo de 2020 (EA)
Desarrollado por: Taleworlds
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