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Análisis de The Callisto Protocol, un intento fallido de revivir el survival horror de Dead Space
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Análisis de The Callisto Protocol, un intento fallido de revivir el survival horror de Dead Space

El primer juego de Striking Distance Studio se desliga del universo PUBG y busca recuperar la esencia del legendario terror espacial de Visceral Games, pero naufraga en casi todas sus ideas.

Por Sergi Bosch [@GriffithDidNW],
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“Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo”, decía Nietzsche en Más allá del bien y del mal, uno de los textos fundamentales del siglo XIX y también una de las obras más reconocidas del mordaz y melancólico filósofo alemán. La frase es típica hasta límites inconcebibles, sí, así que vamos a reinterpretarla, a retorcerla y a darle la vuelta para que encaje exactamente con el tema que nos atañe: “quien en monstruo quiere convertirse cuide de convertirse efectivamente en monstruo”; aplicado al caso, si el objetivo de nuestros esfuerzos artísticos pasa por la inspiración completa en una obra anterior, como mínimo la ambición estética del proyecto tiene que apuntar a igualar la calidad del original, o incluso a superarla. Y, además, tiene que conseguirlo de manera especial, distintiva, desarrollando sus propias ideas y manteniendo una especie de diálogo con lo pasado, una circunstancia que es una constante en todos los medios humanos.

Pues esto es justamente lo que no ha pasado con The Callisto Protocol, un título que venía de la mano de antiguos trabajadores de Visceral Games, creadores del mítico Dead Space, y que lamentablemente se ha quedado a medias en prácticamente todo. El proyecto no las tenía todas consigo, todo hay que decirlo, en el sentido de que nunca es fácil compararse con uno de los survival horror más importantes de su generación, de su década… Y si nos calentamos incluso de la historia de los videojuegos, porque el género venía de capa caída desde hacía unos cuantos años y parecía absolutamente insalvable. E incluso así, con esa disonancia entre lo que queríamos que fuera y lo que no ha sido, el primer trabajo de Striking Distance cae en errores y contradicciones perpetuas, en una especie de danza macabra, un tira y afloja temático en el que las vísceras, los sustos vacíos, y la morbosidad han sepultado el espíritu del juego hasta los insondables abismos de los survival horror que no querían ser nada.

La historia de The Callisto Protocol

La primera piedra, acaso la más leve, la pone el hilo argumental. A grandes rasgos, encarnas a Jacob Lee, un piloto de una nave de carga que tiene un objetivo muy sencillo en la vida: pagarse la jubilación con un encargo tan arriesgado como bien remunerado. No, no está loco, simplemente es autónomo. ¿De qué va la movida? De llevar un cargamento extraño a la prisión de máxima seguridad de Hierro Negro, en Calisto, la gélida, lóbrega y letal luna de Júpiter, en la que hace más frío que en la estación de Zaragoza (todavía tenemos que preguntarle a Leo Harlem), y en la que yace un océano a más de cien kilómetros de profundidad. Evidentemente, una cárcel de mala muerte, en un satélite tan grande como Mercurio e igual de inhóspito, aunque por diferentes razones, es prácticamente un escenario idílico para que el terror se cimente poco a poco de manera natural; bastaría con jugar con el miedo a lo desconocido, con la imaginación, y con la sensación de aislamiento más absoluto para inducir a ese tipo de mal rollo que se te mete en el cuerpo por la noche y que te tienta a dormir con la luz encendida en un mal día.



Lejos de tirar por aquí, en The Callisto Protocol se desarrollan temas que ya tenemos demasiado vistos en el mundo del survival horror videojueguil, véase la evolución de la especie humana, la ingeniería genética, la supervivencia del más fuerte, o el rollito del experimento que no se sabe si ha salido bien o mal… En esencia, conceptos que ya planteaba el Resident Evil original, con el legendario Tyrant, y que incluso en su marco histórico de precursor tampoco es que destacara especialmente por su profundidad narrativa. No es que esto sea el final del mundo, honestamente, porque no todos los juegos de terror tienen que aspirar a Silent Hill 2; es más, me alegro de que no lo hagan. En la diversidad está gran parte de la magia. Es perfectamente legítimo, lícito e incluso deseable que venga Outlast y nos plantee una historia de psicópatas, en contraposición con los descensos a las tinieblas de Amnesia, el xenomorfo de Alien: Isolation vs la nieta de Ripley, o el terror espacial, sucio y retro del sensacional Signalis (un juego que, dicho sea de paso, se parece bastante a lo que proponía Konami con Silent Hill).

"En The Callisto Protocol se desarrollan temas que ya tenemos demasiado vistos en el mundo del survival horror"


Por tanto, creo que todo estaremos de acuerdo en que no solo hay diferencias importantes en el cómo, es decir, en la narrativa, en si nos tomamos más o menos en serio a Wesker que a Pyramid Head debido al tono de sus respectivas desventuras vitales, sino también en el qué, en el tema que nos propone un título en concreto. The Callisto Protocol falla en ambas, aunque lo hace más estrepitosamente en la narrativa, puesto que sus personajes, planos, sin vida, sin gracia, no terminan de darle alas a la trama para que pueda encontrar oxígeno más allá de sus premisas básicas, que como te decía antes ya están muy vistas. En su lugar, queda un apartado deslucido, dejado de lado, un daño colateral de la eterna búsqueda de morbosidad y gore de un estudio que, sin ningún tipo de acritud, creo que en un determinado punto del desarrollo perdió la brújula de lo que debía ser una historia de terror y de cuáles son los mecanismos que hacen que tenga sentido. El resultado no es memorable. Está vacío, es un mero mecanismo para el susto programado, y eso duele el doble porque las oportunidades que ofrecía la cadavérica luna de Júpiter eran inmensas. Tanto se podía hacer y tan poco se hizo.



Un survival horror con claroscuros

En el plano jugable las noticias tampoco son buenas, la verdad. De hecho, probablemente son peores. A modo de contextualización previa, The Callisto Protocol continúa con la fórmula de Dead Space, un híbrido entre el shooter en tercera persona y el survival horror clásico; puedes esperarte, por consiguiente, ciertas dosis de acción intercaladas entre el terror, la exploración, y la gestión del inventario. Al esquema tenemos que añadir también una relativa profundización en el combate cuerpo a cuerpo, con un sistema de esquivas direccionales que se debate entre lo caótico y lo simple, y que generalmente funciona en combates contra unos cuantos enemigos, en una especie de profusión de golpes de porra-eléctrica-futurista, puñetazos desesperados y previsibles de los biófagos (las criaturas chungas del juego), y unas cuantas muertes injustas, solo salvables a partir de experimentación. Es un ensayo y error ciertamente tramposo que evidencia no solo el funcionamiento de los scripts en el esqueleto interno del juego, sino que además marca las pautas de la tensión, de lo que a priori debería ser terrorífico.

Me explico: The Callisto Protocol solo da mal rollo a veces. ¿Es eso algo malo? No, claro, si diera miedo todo el rato se llamaría P. T. y yo tendría otro trauma, para bien o para mal. El tema está en que The Callisto Protocol da miedo cuando, como y donde quiere, hecho que, lejos de ser una muestra de control absoluto del género, solo es posible porque en su desarrollo se recurre con demasiada frecuencia al susto fácil. El recurso de “anda, mira, un conducto de ventilación, vamos a poner que de ahí salga un bicho, además con un efecto sonoro súper estridente, van a flipar” tiene éxito un número finito de veces, pero es usado aquí hasta el extremo, incluso a riesgo de convertirlo en previsible, circunstancia que llega más pronto que tarde. Este es solo un ejemplo y, por desgracia, pasa así con casi todo. Es como si los momentos de terror estuvieran marcados por escenas, y no hubiera ningún otro tipo de aproximación a la tensión, a la ambientación malrollera que tan bien le sentaba a Dead Space y que tan lejana parece cuando recorres la prisión de Black Iron en respuesta de preguntas que tampoco te importan demasiado.



Hay más cositas en la jugabilidad, eso sí. El guante de poder telekinético mola bastante, aunque sea una adaptación casi idéntica del módulo de kinesis de la obra maestra de Visceral, y permite levantar a los enemigos en el aire, casi como si fueran muñecos de trapo, simplemente para poner a prueba toda la mala leche de la prisión: que si aspas rotatorias por doquier, caídas perpetuas hacia vete tú a saber dónde, picadoras de carne cuyo posicionamiento no parece obedecer a un razonamiento humano… Todo es buena excusa para montar un batido de tomate digital, y es ahí cuando más o menos The Callisto Protocol encuentra con éxito su camino para divertir. El problema está en que la novedad dura poco y se diluye en un sistema de combate impreciso, que no sabe si quiere ser un hack and slash, un shooter en tercera persona o un juego de sigilo muy básico, lo que redunda en que no tiene éxito rotundo en ninguna de sus propuestas. El resultado es pasable, especialmente cuando empiezan a salirte bichos distintos que te obligan a medio improvisar con lo poco que tienes, pero no entusiasma.

"El sistema de combate es impreciso, no sabe si quiere ser un hack and slash, un shooter en tercera persona o un juego de sigilo muy básico, lo que redunda en que no tiene éxito rotundo en ninguna de sus propuestas"


A nivel técnico más de lo mismo: buena ambientación, pero muchas ideas desperdiciadas en lo artístico se unen a animaciones incómodas para dejar un sabor agridulce. Lo mejor es la iluminación y el rostro de Karen Fukuhara (Kimiko en la brutal The Boys), a pesar de que su personaje no la deje brillar como me habría gustado. Por otro lado, hay unos cuantos bugs, tanto visuales como técnicos, así como asperezas en el control, en el propio movimiento de Jacob Lee por unos escenarios que pecan de lineales y de repetitivos al mismo tiempo, combinación explosiva donde las haya. Los efectos sonoros cumplen, francamente, y contribuyen a construir la atmósfera opresiva que pretende The Callisto Protocol, aunque al final permanecen ligados a algo de lo que veníamos hablando hace unas líneas, es decir, al sustaco y venga, para casa.



CONCLUSIONES

The Callisto Protocol es, muy a mi pesar, una de las grandes decepciones de 2022 en la industria del videojuego. Es un título morboso, sin alma, que no tiene muy claro por dónde tirar en lo jugable, con sistemas mecánicos que no terminan de encajar muy bien con lo que propone la aventura, y con una narrativa plana, vacía, donde los personajes naufragan constantemente y el terror se degrada en una constante repetición de sustos fáciles y sin gracia, en las 8-10 que dura la campaña. Peor aún, The Callisto Protocol reabre otros debates muy bestias, como el crunch, con las polémicas declaraciones de su productor un poco antes del lanzamiento, o como la agresiva política de contenidos descargables que tenemos en la actualidad, en este caso reflejada no solo en que dos modos de juego son de pago, sino también en la existencia de animaciones de muerte a las que solo se puede acceder con un pase de expansión que vale casi treinta euros. En definitiva, cumple en temas de ambientación, deja cierta tensión en algunos combates y si te molan los sustos en el terror espacial es probable que te evadas un ratito, pero el resultado dista muchísimo de ser recomendable... E incluso de ser defendible.

Copia digital proporcionada por Meridiem Games

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La ambientación cumple. El combate tiene sus momentos. Muy gore. Karen Fukuhara.
Sin alma. Morbosidad fácil. Los personajes. Sustos sin gracia. El sigilo. Estética desaprovechada.
The Callisto Protocol está demasiado desaprovechado en todos los ámbitos. Una de las grandes decepciones de 2022 en tema de videojuegos.
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