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La historia del padre
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La historia del padre

Tétrico, vibrante, repleto de secretos y muy respetuoso con el legado de su franquicia; así es Resident Evil Village, lo nuevo de Capcom en el survival horror. Análisis Resident Evil: Village.

Por Sergi Bosch [@GriffithDidNW],
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A veces tengo la sensación de que soy uno de los pocos que piensa en Resident Evil 7 como una de las entregas más especiales de la franquicia. No, no es un sentir motivado únicamente por el vital y necesario proceso de resurrección que produjo en el survival horror de Capcom que, recordemos, venía tambaleándose, convaleciente, casi herido de muerte, después de unas cuantas entregas cuando menos discutibles; no, en efecto, las razones van mucho más allá de la calidad inmediata de la obra. Resident Evil 7, ante todo, supuso un cambio de paradigma en la filosofía de desarrollo: por un lado, si tomamos en cuenta el continuum temático de la serie, es innegable que acción y terror han ido sucediéndose con el paso de los años, de manera que uno tomaba el relevo cuando el otro comenzaba a anquilosarse. Lo vimos, cómo no, como una tónica ascendente, favorable siempre a los disparos y a la emoción desmedida, en el desarrollo mismo de las primeras entregas, si bien está claro que el mítico Resident Evil 4 era el que reflejaba el viraje de género hasta sus últimas consecuencias. No voy a entrar a valorar la obra, ya que me temo que sería poco menos que arriesgar los pasos en los traicioneros tremedales de la polémica y de la extemporaneidad, pero baste con decir que hay poderosas razones para considerarlo uno de los videojuegos más influyentes de la historia. Ahí es nada.

No obstante, no dejaba de ser la certificación de un cambio colosal, acaso irreversible, en uno de los géneros de culto por antonomasia, y ya sabemos un poquito cómo fue el resto: una vorágine incombustible de disparos, de brotes víricos sin precedentes, de protagonistas que repetían estrella a pesar de haber agotado todo su carisma tiempo atrás, y un argumento que tendía, casi irremediablemente, al desafortunado terreno de la autoparodia. Y entonces llegó un Resident Evil 7 que no solo volvió a sus raíces, sino que se atrevió a modificar su propio código fuente, su esencia: se cambió de perspectiva a la vista subjetiva para una mayor inmersión; se atrevió con ciertos segmentos de terror psicológico, de atmósfera angustiosa y decadente, sin duda más propios de Silent Hill, el otro gran pionero del género; finalmente, pero no menos importante, se introdujo la influencia del drama sureño y de sus lóbregos pantanos de Luisiana en el entorno inmediato, con una historia mucho más íntima, mucho menos megalómana. La séptima entrega supuso la constatación de que Resident Evil abría ahora las puertas de su imaginación a otras inspiraciones, a la exploración de otras estéticas más allá del mero apocalipsis zombie y de las constantes conspiraciones de Umbrella. Sus dominios se habían expandido.



Cómo no, la octava entrega, Resident Evil: Village, sigue por ese camino de nuevas aspiraciones estéticas, algo que no nos debe extrañar en absoluto pues no deja de ser la continuación directa de Resident Evil 7. Así pues, en el plano argumental, volveremos a encarnar a Ethan Winters, protagonista de las escabrosas desgracias que acontecieron en las aciagas inmundicias de Luisiana, y a estas alturas ya civil traumatizado y cansado de movidas chungas. No te preocupes, no entraré en muchos detalles para evitar destripes innecesarios, ya que los giros de guion juegan un papel fundamental en la narrativa del título y no me gustaría privarle de esas sorpresas a nadie, pero baste con decir que, de nuevo, las intenciones del bueno de Ethan serán las de rescatar a su familia de una situación que se debate entre lo satánico y lo mitológico, y que involucra a unos cuantos rostros conocidos, como Chris Redfield. Ahora, eso sí, la historia se desarrolla tres años después y en una villa ignota y percudida por el frío, perdida en alguno de los confines de Europa, y con unos toques de fábula y leyenda que le dan un toque romántico muy cautivador.

Y es que, en esencia, lo nuevo de Capcom se hace muy, muy fuerte en la reelaboración de mitos y leyendas del Viejo Mundo para la construcción del entorno y de su escenografía; no faltan, por tanto, criaturas legendarias de pesadilla, ecos de cuentos antiguos pero deformados (y explicados) a través de la experimentación genética, y localizaciones de fábula oscura, con sus castillos góticos, sus lejanos páramos nevados, y sus bosques azotados por la cellisca y el horror. Decían los nipones que el pueblo es uno de los protagonistas de la fórmula, y tengo que darles la razón: el paisaje juega un papel fundamental en Resident Evil: Village. Esto se consigue gracias a una estructura sencilla pero brillante: tenemos, por un lado, un tétrico pueblo para recorrer, que sin duda se presta al ejercicio de la exploración y que hace las veces de nexo entre distintas localizaciones (todas repletas de puzles ambientales y secretos), y por otro hallamos esos cuatro lugares distinguidos, de visita obligatoria e importantes consecuencias argumentales, más que nada porque son el hogar de alguno de los cuatro señores (enemigos principales) del juego. Hay un castillo gótico de torres de aguja infinitas e interiores fastuosos, una hacienda perdida en las neblinosas alturas de una cascada azotada por la cellisca y el horror, un pantano perdido y patógeno, y una fábrica despreciable, sucia y morbosa como ella sola. Eso sí, el mundo no es tan abierto como cabría pensar, y al final es verdad que buena parte del recorrido principal es puramente lineal, sobre todo en lo relativo a estas áreas especiales.



Sobra decir que en cada uno de estos sitios nos espera un jefe final, pero lo más destacable es que cada lugar tiene sus propias reglas e inspiraciones: el castillo, por ejemplo, recupera la fórmula de Resident Evil 2 y 3 y revive esa inexplicable sensación de persecución, de peligro constante y agobiante (e incluso el sigilo de la séptima entrega, cuando había que esconderse de los Baker), mientras que la fábrica se centra más en la acción, en la oscuridad y en mecánicas propias de la cuarta entrega. Incluso hay segmentos que, de nuevo, plantean un terror psicológico de muchísimos quilates, en mi opinión a años luz de propuestas teóricamente especializadas como The Medium. Lo cierto es que en muchas ocasiones Resident Evil: Village parece una carta de amor a su propia franquicia, ya que es una obra que explora y se recrea en sus orígenes a lo largo de su mismo desarrollo narrativo-jugable; es, en esencia, un título que no se puede desligar de su propia tradición interna, de la filosofía de desarrollo que venía comentando antes. No es rupturista, como muchos se temían por su atmósfera, sus hombres lobo y sus vampiros, sino que hace un homenaje al terror concebido a lo largo del tiempo y de las generaciones, algo que considero digno de celebración. Capcom no se preocupa por salvaguardar una esencia de Resident Evil, sino por todas sus manifestaciones a lo largo de su survival horror por excelencia.

Sin embargo, es innegable que la narrativa general del título, aun con sus cliffhangers, sus giros de guion, y sus vaivenes de protagonismos no termina de estar al nivel de su excelente atmósfera, en parte porque es imposible no observar esa clara tendencia japonesa a la sobreexposición dialogada de los antagonistas, que a veces parecen disfrutar del puro ejercicio dialéctico y no dudan a la hora de contarte sus inquietudes, sus planes y sus secretos en cuanto tienen ocasión. Que no se me malinterprete: Resident Evil: Village tiene buenos antagonistas, en plural. Lady Dimitrescu, famosa por su exuberante figura y su mirada de obscenidad sádica, así como Miranda, Heisenberg y compañía no están exentos de un poderoso hechizo, de una presencia importante, si bien no sabría decir hasta qué punto su encanto personal va más allá del maravilloso diseño artístico del título, cuyos modelos recuerdan, en ocasiones, al horror cósmico-gótico del sensacional Bloodborne. En cualquier caso, y a pesar de que los diálogos nunca han sido el punto fuerte de la serie, tenía la esperanza de que el aire literario de Village se prestara a unas mejores labores narrativas, algo que finalmente no se ha cumplido. Está al nivel de lo visto anteriormente, ni más, ni menos; tiene sus claroscuros, pero cumple y mantiene la intriga en todo momento.



En lo que respecta al esquema jugable en sí, Resident Evil: Village recupera la perspectiva en primera persona de la anterior entrega y se centra en recrear una atmósfera opresiva, de tensión constante, que te mantendrá pegado a la pantalla preguntándote qué demonios te está acechando por la espalda y qué está pasando en el pueblo. La transición entre las fases de exploración y de recolección de determinados recursos, como munición o elementos de crafteo (nada fuera de lugar: básicamente se trata de la elaboración de munición o explosivos a partir de recetas, algo que después de todo podemos rastrear hasta los inicios de la franquicia con la combinación de hierbas), al combate es inmediata y brilla por su plasticidad; es decir, por cómo se pasa de la calma a la locura de un momento a otro. En general, todas las mecánicas de tiroteo funcionan a las mil maravillas, a pesar de lo variado del arsenal, y, como decía anteriormente, se trata de un conjunto que refuerza la exploración y el descubrimiento por encima de todo. Mención especial merecen los enfrentamientos finales, que, a excepción de dos, destacan por una puesta en escena apabullante y por diversas estrategias jugables, lo que contribuye a que los enemigos sean algo más que sacos de balas que pegan mucho , a pesar de que el movimiento de Ethan a veces hace que estos combates no sean del todo intuitivos. Más o menos lo mismo sucede con las tétricas criaturas que pueblan los confines desolados de la Europa que representa Village, ya que en su gran mayoría sorprenden por sus buenas animaciones y por su capacidad de ponerte las cosas difíciles, aunque en materia de inteligencia artificial están todavía lejos de lo visto en The Last of Us: Part II, por ejemplo.

En general, Resident Evil: Village intenta ser un híbrido entre la cuarta entrega y la séptima, algo que de hecho consigue con muy buena nota; dicho de otra manera, a veces parece una reimaginación de uno con la visión de otro. La gestión del inventario, la exploración del pueblo, el mercader ambulante y la presencia de determinadas fases de acción pura y dura recuerdan a la fórmula de Resident Evil 4, mientras que la cámara en primera persona, la potenciación del terror inmersivo, y la presencia de combates finales contra personalidades destacadas son aspectos que toma de su antecesor inmediato. No faltan tampoco incontables rompecabezas ambientales, marca absoluta de la casa, que nos tendrán de aquí para allá completando estancias, y que muchas veces implicarán importantes ejercicios de backtracking, esto es, de volver sobre nuestros pasos y desbloquear, finalmente, esa zona que nos pedía un objeto clave que no teníamos en primera instancia. Sin duda, se trata de un sistema un tanto continuista y es indiscutible que, a fin de cuentas, Resident Evil: Village se encuentra muy cómodo explotando una y otra vez sus puntos fuertes. Esto tiene dos lecturas; por un lado, no se hacen ejercicios de experimentación innecesarios y excesivamente rupturistas; por otro, lo nuevo de Capcom no se atreve a salir de su zona de confort y recuerda demasiado a trabajos pretéritos, por mucho que sus virtudes configuren una aventura variada, un ritmo trepidante, y una jugabilidad sobresaliente tanto en la acción como en el terror. Todo lo hace muy bien, pero no innova en absoluto. Eso sí, el modo nueva partida + y el Mercenarios le dan una rejugabilidad muy considerable, y hay fases enteras, como el prólogo, que se te quedarán grabadas a fuego en la memoria por su maravillosa reformulación de la persecución y la supervivencia.



Finalmente, en lo relativo al apartado audiovisual, Resident Evil: Village es una obra de muy buenos acabados; en materia gráfica, los modelos, las animaciones y la excepcional iluminación del RE Engine, sin duda uno de los grandes motores del momento, dan vida a unos escenarios vibrantes que se ven enaltecidos por un diseño artístico que, como decía líneas atrás, está a un nivel inmenso. Las expresiones faciales, por otro lado, no están al nivel de las grandes superproducciones de la generación pasada, y de vez en cuando se aprecian ciertos defectos en pantalla, como alguna textura rebelde que tarda en cargar o un poco de popping, especialmente cuando las ventiscas fuerzan la maquinaria del sombreado hasta límites insospechados. El audio, por supuesto, también deja sensaciones muy buenas, y es que los efectos sonoros y la música juegan un papel fundamental en la preconfiguración de una buena escena de terror. En definitiva, está todavía un pelín lejos de lo que podemos esperar de la nueva generación (a fin de cuentas es un título intergeneracional, ya que también tiene versión para PlayStation 4 y Xbox One), pero su buen hacer regala estampas muy destacadas.



CONCLUSIONES

Puede que Resident Evil: Village no sea la mejor entrega de la franquicia (el listón no está precisamente bajo), pero es un survival horror sobresaliente que se hace especialmente fuerte en su jugabilidad, en la transición entre terror y acción, en su atmósfera opresiva y tétrica, y en la estructura de su mundo, con un pueblo repleto de secretos que hace las veces de nexo entre áreas principales que exploran distintas estéticas e incluso acercamientos al género. Lo nuevo de Capcom encuentra, eso sí, en su guion un tanto ingenuo y en una falta de innovación y atrevimiento sus principales defectos, en tanto en cuanto nos encontramos ante una entrega muy continuista, de fondo nostálgico, que no hace sino reelaborar las principales bondades de algunas de las manifestaciones más destacadas de su franquicia; tanto es así que incluso comparte con la séptima entrega el mero hecho de tener un epílogo que no termina de estar al nivel del resto de la aventura, y que recuerda por momentos a la acción sin sentido de la sexta entrega. No obstante, su vibrante ritmo, su impecable diseño artístico, con esa atmósfera fría y oscura de la Europa perdida, y en general el funcionamiento de su esquema jugable son razones más que suficientes para recomendarlo totalmente sin muchos miramientos, seas un amante del género o no. En definitiva, Resident Evil: Village es un juego tremendamente disfrutable, atesora momentos para el recuerdo y engancha como pocos; mucho tiene que cambiar para que no termine siendo uno de los títulos más representativos de 2021.

Redactado por Sergi Bosch (Elite)
Copia digital proporcionada por Koch Media.

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El combate y la exploración. Explora varios tipos de terror. Muy adictivo, te mantiene en tensión.
Innova muy poco. La trama, en especial el guion, tiene algunas cosas discutibles.
Resident Evil: Village se queda a las puertas de ser uno de los grandes de su franquicia, pero sigue siendo tan sobresaliente como disfrutable.
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