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Escondido a plena vista
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Escondido a plena vista

Tras su estreno en PC, El Hijo llega a consolas junto a su árido oeste americano.

Por Juan B.,
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Jugado en PlayStation 5. Copia digital proporcionada por Dead Good Media.

Le teníamos echado el ojo desde 2019, año en el que ganó el premio a Mejor juego Indie en la Gamescom. Lo tuvimos en PC hace unos meses, y tal y como os contábamos en nuestro análisis, nos había gustado mucho. Pero por fin, y tras unos meses de espera, ya tenemos El Hijo: A Wild West Tale en consolas. La aventura de sigilo de HandyGames y Honig Studios nos transporta a una suerte de spaghetti western con una historia que trata del reencuentro y el amor incondicional de una madre a un hijo. Bajo esta premisa os contamos lo que nos ha parecido El Hijo tras haberlo jugado en profundidad en PS5, y ya os avisamos de que la nota no hace justicia al resultado final.

El Hijo cuenta la historia del propio Hijo, un niño de 6 años que vive junto a su madre en una casa lugareña en el viejo oeste de finales del siglo XIX. Hijo y su madre son como uña y carne, inseparables, siempre riendo y jugando. Por supuesto, sabemos de los clichés de los spaguetti western, y en este género no existe la felicidad familiar. La armonía termina cuando unos saqueadores arrasan con la casa de Hijo, viéndose obligado a separarse de su madre para encontrar un refugio seguro. Sin embargo, Hijo es secuestrado por unos monjes que habitan en un enorme y decrépito convento. Así pues, a lo largo de más de 30 niveles controlamos a Hijo y a su madre, ambos por caminos separados pero con un mismo objetivo: reencontrarse. Hijo intentará por todos los medios escapar de las garras de los monjes, que viven a base de la explotación infantil. Por otro lado, su madre busca pistas que le ayuden a encontrar el paradero de su retoño. El Hijo: A Wild West Tale rezuma amor al spaguetti western, con muchísimas referencias a películas del género. Al mismo tiempo, es capaz de lanzar una crítica social sobre las religiones corruptas y la explotación infantil. Todo ello a través de lo visual, ya que no contamos con cinemáticas ni diálogos.

Madre e Hijo buscarán reencontrarse por todos los medios, sin importar lo que cueste.


El objetivo en El Hijo: A Wild West Tale es muy sencillo: que no te vean. En término jugable es una suerte de Metal Gear Solid de vista cenital. La violencia no estará presente en ningún momento, pero sí la estrategia para escabullirnos de los monjes. El objetivo a través de los 30 niveles que conforman la aventura es ir del punto A al punto B, sorteando las diversas complicaciones y rompecabezas que nos encontraremos en el trayecto. Nadie dijo que ser sigiloso podía ser fácil, pero El Hijo te da todas las herramientas necesarias para hacer el camino mucho más llevadero. Los objetos más preciados para un niño son sus juguetes, y esos serán sus principales herramientas para dar esquinazo a los protectores del convento. Poco a poco se nos irán introduciendo estos artilugios en forma de nuevas mecánicas, como un juguete de cuerda que puede conseguir desplazar al enemigo hacia el punto que hayamos marcado o unas flores de cactus, las cuales crearán una especie de nube de polen que nos hará invisibles para el ojo enemigo durante un breve lapso de tiempo. Siempre habrá que tener en cuenta la dirección a la que lanzamos nuestras herramientas y cuándo lo hacemos, ya que puede implicar que nos delatemos nosotros mismos. Por último se nos introducen los fuegos artificiales, que además de romper vasijas que sirvan de distracción, también aturden a los enemigos durante unos pocos segundos. Sorprendentemente la curva de dificultad está bien ajustada y los controles funcionan a las mil maravillas, aunque entendería que con ratón y teclado el resultado sea más tosco de lo que habría que esperar.

Pero Hijo no siempre podrá depender de sus juguetes para seguir adelante, por eso se nos introduce un tipo de ayuda en forma de vista de pájaro. Con esta vista aérea será imposible moverse, pero sí ampliaremos expandiremos nuestro rango de visión para contar con una mejor perspectiva de los peligros que nos acechan. Esta vista nos ayuda a ver los conos de visión de los enemigos y cuál es su rango de detección, pero también sirve para divisar los objetos en los que nos podemos esconder. Desde un carro al que podemos saltar para escondernos, una tinaja en la que meternos o un bisonte al cual podemos atraer con comida para que se acerque a nuestra posición y tape el rango de visión del enemigo. Cualquier elemento del escenario sirve para nuestro propósito. Y si no, siempre podemos contar con la vieja confiable: las sombras. Un spaguetti western no sería tal sin la presencia de un sol radiante, con lo que las zonas de sombra de convierten en un valor preciado. No es para menos, y es que en El Hijo: A Wild West Tale sirven para que podamos refugiarnos de la vista del enemigo y pasemos a ser completamente indetectables, así como sucede en Aragami. Pero ojo, si bien podemos movernos con total libertad por estos espacios, el enemigo sigue ojo a vizor y podría detectarnos si nos acercamos mucho a él. El conjunto de niveles es muy lineal, pero siempre hace uso de unas mecánicas muy básicas pero bien implementadas y gratificantes.

Los juguetes y las piedras sirven como distracción para el enemigo, permitiendo que los movamos de posición durante unos segundos.


No obstante, el protagonismo jugable no recae únicamente en Hijo, sino que en algunas partes de la aventura también tomaremos el control de su madre, con muchísima más agilidad que su retoño pero con las misma base jugable. Las normas del sigilo con las mismas para ambos personajes, pero la inclusión del segundo personaje podría haber sido más provechosa y haber añadido nuevas mecánicas para ofrecer una mayor variedad de opciones. Si con Hijo nuestra tarea era escapar de un convento de monjes, en el caso de Madre debemos desbaratar los planes de la banda de cuatreros y forajidos que han osado asaltar nuestro hogar. El Hijo: A Wild West Tale es una propuesta que funciona muy bien en prácticamente todo lo que propone, pero se vuelve muy reiterativo cuando se trata de abordar escenarios abiertos. La mayoría de niveles se resuelven de manera sencilla, sin mucho ingenio ni caminos alternativos que nos puedan complicar la vida. Las herramientas que nos da el juego son muy útiles y están bien implementadas, pero su uso es repetitivo a la larga. Además, la dificultad es una montaña rusa que puede llevarnos a fases muy fáciles, pero también a otras muy complicadas. No hablamos de un juego largo, al contrario, en unas 5 horas habremos completado todas las fases, pero la sensación repetitiva se nos queda ahí.

La narrativa nos deja con un buen sabor de boca, sobre todo por su manera tan especial de contarnos todo lo que sucede sin necesidad de diálogos o cinemáticas. Descubrimos que el pontífice busca echar abajo todos sus principios, y junto a la ayuda del gobierno busca los tesoros de las personas ya fallecidas profanando las tumbas de la ciudad. Una serie de actos perversos que no nos priva de observar como es su vida cotidiana, estudiando en la biblioteca del convento o cuidando de los jardines del lugar. Por otro lado, somos el principal testigo de como los forajidos están saqueando los bienes de los ciudadanos mientras buscan la forma de hacer explotar una mina. Ambas historias tienen algo en común, y es que utilizan a los niños como la principal mano de obra, por aquello de que no van a protestar y no hay que pagar demasiado por sus servicios. El Hijo lanza una estupenda crítica a la explotación infantil, a negarse a ver a unos seres humanos tan inocentes como máquinas despojadas de su libertad y sentimientos que más pronto que tarde serán mercancia a subastar a los principales esclavistas. Nosotros podemos hacer un poco más llevadera su estancia en el convento, y es que acercándonos a ellos podemos interactuar y jugar, devolviéndoles un poco de esa ilusión perdida. Cada nivel nos marca cuántos niños quedan por inspirar, que hacen las veces de coleccionable.

El apartado artístico brilla con luz propia gracias a un gran diseño artístico y a una buena elección de temas que nos cautivará y llevará al contexto árido y caluroso en el cual viven nuestros protagonistas. La paleta de colores, junto al estilo low-poly, nos da la sensación de que estamos ante un diorama en movimiento, pero lo más importante es que desde el primer minuto es capaz de transmitir la emotividad del juego. De la banda sonora nos ha gustado la elección de temas a piano y lo bien que queda con el entorno por el que nos movemos, pero es una realidad que algunos temas se vuelven muy repetitivos.

Algunos niveles cuentan con niños esclavizados con los que podemos interactuar para recuperar un poco de su ilusión perdida.

CONCLUSIÓN

El Hijo no pretende ser más de lo que es, un título que entiende el sigilo como un rompecabezas constante, pero sin ninguna dificultad y con pocas herramientas que ofrecer, aunque bien implementadas. La sensación que nos deja el haber completado los 30 niveles que componen la aventura es que nos ha dejado con ganas de más libertad, porque sentimos en todo momento que las soluciones están preestablecidas y que no nos podemos mover el camino fijado. No obstante, todo lo que introduce a nivel de mecánicas lo hace a las mil maravillas, nada flojea ni se queda atrás respecto a otros apartados. Narrativamente es especial y emotivo, ganando enteros conforme avanzamos. ¿Es un juego perfecto? Para nada ¿Podría haber aprovechado más sus cartas? Por supuesto, porque no deja de ser un juego con un sigilo un tanto... "desfasado", con falta de mecánicas actuales o una mayor variedad de caminos y análisis de las posiciones enemigas. Aún con todo ello, El Hijo: A Wild West Tale es una experiencia realmente emotiva y agradable.
Análisis de El Hijo para PS4: Escondido a plena vista
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Apartado gráfico y sonoro. Mecánicas simples, pero bien implementadas.
Poco rejugable. Escenarios sin caminos alternativos. Falta más variedad.
El Hijo es una sorpresa agradable y emotiva, con parcelas por mejorar, pero que no tapan su buen trabajo.
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